Frente al espejo
de laboratorio que ve números como si fueran huellas, y un periodista que convierte el aire de la calle en relato. Y, detrás, la ciudad, con su memoria áspera y sus espejos empañados.
Escribí Frente al Espejo con la convicción de que los procedimientos también cuentan historias: la constancia, la cadena de custodia, el acta leída sin teatro, la objeción que parece robótica y no lo es. En estas páginas convivirán una sala de audiencia con olor a cloro, una mesa de vidrio en televisión, una libreta que se abre y se cierra, y un reloj -dorado y mudo- que alguna vez marcó una hora equivocada. No hay morbo pues hay trazabilidad. No hay héroes de bronce sino gente cansada que cumple una rutina para que otros no desaparezcan.
La verosimilitud exige formas. A ratos verán fórmulas jurídicas como ("ha lugar", "se mantiene", "consta en acta"); no son capricho sino el ritmo real de escenas donde se decide la libertad o el encierro. Pero también encontrarán respiros, silencios, planos abiertos como el televisor encendido en una sala, la mano que limpia un vidrio, la ciudad que se asoma por una ventana alta. Entre la cámara y el acta, la novela busca un punto medio donde el lector no se pierda ni se aburra pues esperamos que entienda el procedimiento sin dejar de sentir la historia.
Todos los personajes, oficios y situaciones son ficcionales. Si algo suena familiar es porque esta novela escucha el idioma de lo público, además de la ética de los papeles bien hechos, la ciencia cuando se niega a doblarse, el periodismo cuando prefiere explicar antes que gritar. El "estallido social" aquí no se narra para decorar, sino para comprender cómo el ruido afuera altera el aire adentro.
Hay, desde el título, una promesa leer todo...
Cargando comentarios...