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Calvo

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Confesiones de un Mentiroso

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Agosto 21 de 1987, Clínica David Restrepo, unidad de cuidados intensivos. Hora: 8:05 pm. Mi mejor amigo de la infancia insiste en no permanecer entre nosotros. Años sin saber de ti Martín hermano del alma. Años aquellos en que el decir "mejor amigo", tenía un enorme valor. El valor que le da a la amistad un alma no contaminada de hipocresía, dobles intereses o el dar es esperar algo a cambio. Una edad en la que cualquier sacrificio por tu amigo, sinónimo de hermano, es apenas natural.
¿Cómo llegué a cuidades intensivos? ¿Acaso importa?
Espero sentado en una de las sillas ásperas incómodas de una sala fría deprimente, con la compañía obligada de cuatro dolientes, nada que ver conmigo. Tres caminan como zombis extraviados paseando su propio drama, el otro entorchado en un pequeño sofá aparenta estar dormido. En mi caso ni sueño ni cansancio, dos días con sus noches aguardando noticias con la fe del carbonero.
La mañana siguiente al final del corredor se ve venir al médico. Su caminar cansino la mirada al piso, de su bata cuelga el estetoscopio en su mano la historia clínica de mi amigo. Sus gestos denuncian la mala noticia.
Todo está dicho a la distancia. Causa de la muerte: suicidio, consecuencia de un estremecedor salto al vacío. ¿Suicidio? Eso dirá el certificado de defunción, yo no lo creo. Lo empujamos quienes diciéndonos "sus amigos", no hicimos nada por evitarlo.
Mi irremplazable amigo perdió la batalla con la vida, pero ganó la guerra. Su viaje final lo llevó a la paz que tanto anheló. Venció a la depresión, la ansiedad, puso fin a la frustración.
La apesadumbrada mente de Martín (el protagonista) está decidida a demostrarle que él es culpable de un pecado no cometido, hasta que le demuestren lo contrario.
Para ayudarle a demostrárselo, su alter ego le sugiere recurrir a un profesional de la mente (un psiquiatra) antes de tomar la decisión de lanzarse al vació, dar su salto a la libertad.
Martín accede, no esperando que el psiquiatra le dé soluciones-
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