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Jacqueline Sellan Bodin

Jacqueline Sellan Bodin

@jacqueline.sellan

Mexico » Michoacán » Zitácuaro

Jacqueline Sellan Bodin

Mariposas Feroces

US$ 13,10

Catherine no tiene miedo.
Ya no.
Hace unos años lo había tenido, cuando apenas salía de la infancia.
Pero ese tiempo ya ha pasado. Ahora, lanza una rápida mirada, aguda y cortante, parecida a una cu-chillada, al hombre que pasa junto a ella en sentido contrario. Un segundo. Sin embargo
es suficiente para helar en él cualquier intento de acercamiento. Es una mirada que dice ?ten cuidado, más te vale guardar las distancias.? Así lo entendió él aunque no pudo ver la forma como apretaba en su puño la diminuta navaja de resorte.
No, no tendría miedo nunca más.
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Cuentos escritos bajo la lluvia

US$ 10,70

Estos cuentos han sido escritos en el período comprendido entre 1995 y 2003, salvo ?el reino de Satán? que pertenece a una época anterior, por ahí por 1990. Todos vieron la luz bajo las constantes lluvias valdivianas.
Los hay de corte social, anecdótico, poético o satírico. En su mayoría tienen
que ver con vivencias mías o ajenas, pero donde, rayando lo imaginario, no pierde pie la realidad.
Cada uno de ellos ha sido bellamente ilustrado por Natalia H. Sellan.
Espero que disfruten al leerlos tanto como he disfrutado yo al escribirlos.
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Almas de pez

US$ 8,80

¿Es que nunca dejarán de soplar
estos áridos vientos?
Un reloj que bate sus horas al vacío,
un corazón pegado a las paredes,
y las hojas del pensamiento
barridas por la tormenta.
¿Nada abrirá los ojos ciegos?
¿Ninguna luz anidará
entre estas ruinosas escamas?
Almas de pez tienen los hombres,
almas de pez o de esponja,
o de pulpos,
o de mariscos muertos abiertos
en la playa.

El vidrio empañado

US$ 13,50

La bisabuela se mecía con el compás de las ráfagas sobre los pastizales y el ruido apagado del mimbre de la mecedora que crujía en el cuarto vecino fue el primer sonido que reconoció entre todo el bullicio que la rodeaba, tal vez porque le recordaba el crujir constante del mecanismo materno que acababa de abandonar, ese sonido de marejada, de temporal, de lluvias deslizándose entre capas de aire.
La bisabuela se mecía con los ojos fijos en un punto indefinido situado entre ella y la pared de la sala, un punto donde tal vez estaban ocurriendo cosas que sólo eran perceptibles para ella, esa mirada malévola que asoma a los ojos de algunos viejos a los que el odio acumulado a lo largo de la vida, hecho de todas las frustraciones y las iras impotentes, se les desboca en las últimas miradas, apresurado por salir a flote antes que sea demasiado tarde, y muera, junto con las demás cosas que mueren con la muerte.
Pero Margarita no precisó del tiempo para forjar su odio.
Nació con él, desde su más remota memoria la enemistad de los alados lagartos latía en sus venas.
El vaivén, vaivén, va i ven de la mecedora adormece sus dragones en una especie de éxtasis morboso. Sus fláccidas entrañas ya sólo responden, aunque de un modo vago y casi imperceptible, a ese balanceo constante, a esa sensación similar al mareo, enajenante.
En su rostro, a la vez ausente y atento a misteriosos mecanismos interiores, sus ojos se mantienen fijos en ese punto en el espacio, concentrado todo su cuerpo en no dejar escapar ni una brizna de ese símil del placer, de esos despojos de sensualidad que la inundan mientras el crujido tic ? tic de la mecedora, atraviesa los intersticios entre las tablas y le llegan a la bisnieta que acaba de nacer en la pieza contigua.
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